Por Antonio Arderiu.
¿Han visto Vds. algún rally de regularidad que, además, incluya un concurso de paellas, un torneo de golf, reparta sillas adaptadas a personas necesitadas y bicicletas a alumnos que viven en la selva y que, encima, también tenga un concurso de elegancia? Pues este es el Rally Maya México, que se disputa en la península del Yucatán, pero fuera de los circuitos turísticos. Por mi encabezamiento podrían pensar que es uno de esos eventos de paseo y comilonas. Nada más lejos de la realidad. El rally en sí mismo es duro y complicado en su parte deportiva. Y muy disputado. El sistema de regularidad “self controlled” y unas medias muy altas contribuyen a que sea muy competitivo y que los equipos hagan despliegue de sus asistencias.
En ausencia de montañas y, por lo tanto, de carreteras reviradas como las conocemos en Europa, las regularidades eran a 70, 80 y a veces 100 Km/h, y muy largas. La mayor dificultad, aparte del calor, está en la navegación y en una cosa que se llama “topes”, que es como un muro de Berlín en pequeño, que te encuentras cuando menos te lo esperas y sin aviso previo, con lo que pegas un salto de muerte y, si el coche aguanta, puedes continuar. Y, si paras para pasarlo dulcemente, la media se va a freír espárragos.
El planteamiento del rally está muy bien pensado. Más que un rally en sí mismo, es un acontecimiento social mexicano. Dura una semana, aproximadamente, y se alterna un día duro de rally, con un día de actividades complementarias que, en mi caso, consistía en ponerse en remojo por la mañana y no salir hasta la noche. Piensen que yo vivo en el país de los Pirineos y, en el rally, la temperatura no bajó de los 35 grados en lo más profundo de la madrugada. Participan corredores profesionales, empresarios de éxito, magistrados, médicos, abogados y así un largo etc., y de países también variados como Argentina, Colombia, Guatemala, Estados Unidos, España (Alain de Blanco), Canadá, etc. Y los vehículos participantes también son algo distintos de los que vemos en las pruebas europeas, pues a los conocidos Porsche 911, Mercedes-Benz en distintas variantes y un Ferrari 308 GTB, se le suman gran cantidad de coches de Estados Unidos como Ford Mustang, Plymouth Barracuda, Dodge Coronet, poco apropiados para un Turini, pero mucho más idóneos para las anchas carreteras mexicanas. Entre los participantes un equipo femenino, el de Prisca Taruffi, hija del piloto de Ferrari, Piero Taruffi, acompañada por la encantadora Marina Grassi, ambas en un Porsche 911 de 1971 pero… ¡con aire acondicionado!
En 2024, el rally empezaba en Mérida, la de Méjico, no la de Extremadura. Un calor horroroso para mi, que me impedía salir del hotel en el día y únicamente para conocer la ciudad, muy bonita por cierto, por la noche. Al llegar me pidieron si podía hacer de copiloto de Jimmy Smithers, cuya “navigator” no podría venir hasta el cabo de unos días. Y, claro, ¡accedí encantado! (previa solicitud de la venia papal…).
El primer día era el destinado a revisión de los coches y aparcamiento, en el parque previsto al efecto, cerca de la Universidad. No era propiamente un parque cerrado sino, más bien, un pre parque de trabajo. Luego venía el concurso de paellas y otro concurso, de golf, que debía disputarse por la noche debido al calor diurno. Francamente, me sentí incapaz de participar en el concurso de golf debido al inclemente calor que hacía pero, las paellas, las probé un poco y eran deliciosas. Y todo el acto social patrocinado por Porsche, que expuso sus últimos modelos.
Primera etapa deportiva: Mérida-Campeche “non stop”, aproximadamente unos 365 km. Lo primero, acondicionar el vehículo, un Dodge Coronet Supercharged. Y por acondicionar me refiero a poner toallas en los asientos, instalar ventiladores en el tablero, buscar neveras para llenarlas de una bebida que se llama electrolito, improvisar neveras para los móviles y, en mi caso, la insulina, pues con el calor, ni móviles ni insulina tenían efectividad.
El road-book estaba encuadernado y con tapas duras ¡todo un lujo! Muy bien hecho pero, lamentablemente, contenía errores tanto en la medición como en el horario teórico. Tampoco teníamos tramo de calibración, por lo que los ajustes se hacían con las referencias y el tiempo. Saliendo de la Universidad de Mérida empezaba un lio de carreteras importante. Conseguimos sortearlo pero, cuando perdimos el asfalto, al atravesar un suburbio estuvimos más perdidos que un pulpo en un garaje, ¡¡mea culpa!! Como pudimos, salimos de aquel barrio hasta la ronda de Mérida, momento en el que vemos pasar a Carmen González (experimentada piloto y endurista) en dirección contraria a la que nuestra conciencia nos decía, pero le dije a Jimmy: “síguela y no la perdamos, que sabe dónde va”. Pues no, iba tan perdida como nosotros.
Seguimos un tramo por la ronda hasta que ambos coches cruzamos la medianera en una maniobra que, en Europa nos hubiera costado todos los puntos. Gas a fondo para encontrar la ruta correcta, lo que conseguimos y, además, nos dimos cuenta de que no éramos los únicos perdidos en aquella inmensidad. Bien reintegrados al buen camino vino el segundo problema que fue advertir que el road-book tenía un decalaje de más de una hora con los horarios teóricos de salida de tramo, lo que dificultaba enormemente la regularidad. Como en el Rally Maya no hay Blunik, ni Crisartech ni nada que se la parezca (instrumentos de acuerdo a la edad del vehículo, o un cronometro manual) se me ocurrió, en un momento determinado, adelantar al que nos precedía, Gerardo García, pararnos, esperar a que pasase y dejar un decalaje de dos minutos y medio (faltaban cinco coches que debían estar perdidos en la selva) una vez hubiera pasado.
Así lo hicimos pero, al parecer, en un lugar inapropiado pues empezaron a venir unos camiones “King Size” que soltaban unos bocinazos que ensordecían, pero bueno, superamos el trance y así seguimos hasta Campeche. Gerardo hizo el tercero de etapa y nosotros, creo, que el séptimo. Coche aparcado en el Domo del Jaguar y al aire acondicionado del hotel hasta la noche, para poder salir un poco a pasear.
Al día siguiente, la etapa deportiva era hasta Uxmal, otros trescientos y pico km y más calor. La ruta discurría por parajes de gran belleza pero, absolutamente solitarios, salvo en la travesía de las poblaciones. Este día había cambiado de piloto pues, por la noche llegó la navegante oficial de Jimmy, su encantadora hija Mel y, naturalmente, le cedí mi puesto. Así que, a partir de entonces, hice de navegante de Benjamín de la Peña Jr., que debutaba tanto en la conducción, como en rally. Soy el navegante flotante. Íbamos en un Mercedes-Benz 220, con un aire acondicionado que era una mera ilusión. Las referencias del road-book o se habían caído, o las habían robado, así que íbamos bastante “a ojo”. Los TR eran largos y rápidos pero, al no haber apenas transito y ser muy rectos, eran fáciles de seguir aunque muy difíciles de afinar por lo expuesto: la carencia de referencias. El primer CH tuvo lugar debajo de un árbol inmenso al lado de unos monumentos de origen maya que, con el tiempo que daba la organización, pudimos visitar sin entretenernos demasiado.
Pasado el primer CH, el segundo estaba en un lugar denominado Hopelchén, donde la llegada del rally supuso una autentica fiesta y todo el pueblo se agolpó donde debíamos estacionarnos, obsequiándonos con comida, amenidades, etc. ¡un autentico festival! Desde allí, una ruta por paisajes selváticos nos llevaba a la Hacienda Uxmal, en plena naturaleza, y donde llegamos cuando casi anochecía. Allí las tripulaciones fuimos repartidas en una especie de bungalows cinco estrellas, en pleno bosque o lo que fuere, tocándome a mí el de un extremo del complejo. Como el aire acondicionado no funcionaba excesivamente bien, por la noche se me ocurrió apagarlo y abrir el portón pero, debo confesarlo, al oír los sonidos de la fauna que nos rodeaba me entró un cierto canguelo y volví al aire acondicionado.
Al día siguiente, después de pasar toda la mañana y parte de la tarde en remojo en la piscina del complejo, asistí a la cena y el concurso de elegancia de los vehículos. Este es un acto muy solemne, en que unos de los trofeos mas preciados es el FIVA Award, que se concede al vehículo más “en su jugo”, es decir más original y menos restaurado. Por unanimidad del jurado calificador fue elegido el BMW 2002 Ti de Remigio Díaz, que estaba en un estado original impecable, sin desmerecer a los otros (Ford Mustang, Buick, etc.) que también optaban al mismo. El acto era patrocinado por la firma suiza de relojes Franck Müller que presentaba su modelo Rally Maya, una preciosidad al alcance de unos pocos privilegiados. A la cena asistió el presidente de la FIVA y su distinguida esposa y, si yo sudaba copiosamente debido al calor y la humedad, imagínense lo mal que lo debió pasar la distinguida dama, de origen… ruso.
Nuevo día y nueva etapa deportiva, esta vez hasta Valladolid (de Méjico), ciudad encantadora. El primer control horario volvía a ser bajo un árbol y cercano a monumentos maya que, gracias a la neutralización concedida, pudimos visitar someramente. Benja de la Peña Jr. conducía el voluminoso Mercedes-Benz con maestría y, en todo momento, mantenía el ritmo del rally. Y llegamos “on time” al segundo CH del día, en una población que se llama Tihosuco. Aquí me llamo la atención la fuerte presencia policial y de la Guardia Nacional, que nos rodeó nada más llegar y que, lejos de tranquilizarme, me tuvo mosqueado todo el día. Los coches quedaron estacionados en la plaza de la localidad con una neutralización para comer, más bien beber liquido en cantidad, en un edificio cercano, de estilo colonial, con muchos ventiladores. En estas comidas de rally, todas tipo buffet pero a la mexicana y rodeado por los paisanos, me sorprendió el interés de los mismos en hacernos, a todos, participes de las comidas locales, lo que, tras probar las iniciales en Hopechen, yo me apresuraba a declinar pues, la verdad, me ardía la boca y el estómago todo el día. No están hechas para los europeos. Me diréis que soy un finolis, pero vi al Presidente de FIVA físicamente llorar al probar determinados platillos.
Tras Tihosuco, ruta hacia Valladolid que, insisto, es un ciudad encantadora. En medio cuatro pruebas de regularidad casi seguidas y la ultima de las cuales acababa en la entrada de la población. Difícil navegación en la ultima parte con mucho cruce y bastante tránsito pesado de camiones, que son enormes y recuerdan, por la velocidad, a nuestros añorados “chatos”. Llegamos a la ciudad y se montó el parque cerrado rodeando un bonito parque dedicado a la mujer vallisoletana y enfrente de la catedral, contra mi costumbre de remojo, cuando oscureció y descendió algo la temperatura, me dediqué a visitar la ciudad a pie que, ya les digo, vale mucho la pena.
La etapa del día siguiente era circular y reducida, pasando por Espita, visitando Los Colorados para acabar otra vez en Valladolid con visita al Museo del Chocolate que, personalmente, por mi condición de insulinodependiente, decliné amablemente. Las sobredosis pueden ser peligrosas.
Un nuevo día nos llevaba camino de Cancún con un primer CH en Cobá o algo parecido. Aquí una nueva neutralización permitía visitar un complejo Maya con varias lagunas en su interior, donde, entre otras curiosidades, podías ver el patio donde jugaban a su juego tradicional, que, para que nos entiendan, era una especie de paddle futbol. Como había poco tiempo para la visita, cogimos todos bicicletas o triciclos para el “tour” y, estando en un rally, los piques fueron espontáneos. El lugar era bonito de verdad.
De allí a Tulum se hicieron las ultimas regularidades del rally, para finalizar en el Golf de Tulum donde nos esperaba otro buffet, esta vez ¡con aire acondicionado! De Tulum a Cancún un paseo rodeado de público hasta el lugar que servía de base del rally, que era el Hotel Oasis, del grupo de uno de los participantes, Alain Blanco, el único español en la prueba y que, el año anterior, había participado con un Seat 600 primorosamente restaurado. El lugar era magnifico y lo único que lamenté es no poder pasar mas días en él.
La noche del reparto de trofeos, que aquí se llama “de premiación”, también fue espectacular, con un montaje en la playa de Cancún a la luz de las velas y con luna llena, del que era responsable Roberto Candiani que también había participado en el rally con su distinguida esposa y que, además, es el autor de los medios audiovisuales que salieron del Rally Maya.
Resultó vencedor absoluto Remigio Díaz, excelentemente copilotado por su hijo, también Remigio Díaz, en un precioso BMW 2002 de 1976 que, además, mereció el FIVA Award por su originalidad. En segundo lugar se clasifico Jorge Luis Machado y Jesús V. con un Porsche 911 Targa de 1978 y, en tercero, Carmen González y Diego García, con un Mercedes-Benz 230 SL de 1964.
En definitiva, una experiencia distinta, muy diferente, tanto en la parte deportiva como en la social, de lo que estamos acostumbrados en Europa. A primera vista, cuando estudias el road book, te parece que es sencillo y que se hace con los ojos cerrados. Pero una vez estas dentro, se te aparecen las dificultades y empiezas a entender la competitividad entre los participantes, las averías, las pérdidas, la necesidad de asistencias, que lo difícil no es únicamente la conducción, etc. Y también te das cuenta del compañerismo que reina entre los participantes, que se prestan ayuda mutua y soporte de todo tipo. En definitiva, una prueba de “gentlemen drivers”.
© Antonio Arderiu Freixa
México DF, 5 de junio 2024
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